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Publicado el: 19/09/2012 / Leido: 4585 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

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El fin de la cultura de los objetos

Fuente: http://www.vanguardia.com.mx/

Lo físico y tangible cada vez tiene menos relevancia, pues la cultura digital ha cambiado el modo de entender la propiedad

MADRID.- Cuando te alcance la muerte, la biblioteca digital que recopilaste durante años se esfumará contigo. Todos los discos o libros comprados en tiendas electrónicas como Amazon o iTunes (Apple) se perderán en algún sitio del ciberespacio. En realidad, ni siquiera hará falta. Tú nunca los poseíste, simplemente fuiste arrendatario vitalicio de un servicio de lectura o escucha musical que esas compañías te prestaron a cambio de una cantidad de dinero molestamente parecida a la que solías pagar por hacerte con un ejemplar físico de esos títulos (añadido a que el gravamen por los libros electrónicos es 17 puntos superior al del de los tradicionales). En aquel mundo de los objetos en el que vivieron ciertas generaciones, un disco solía costar alrededor de 200 pesos. Hoy son sólo 100 pesos, pero no puedes prestarlo, tirarlo por el balcón, copiarlo o tan siquiera dejárselo a tus hijos cuando mueras.

El nuevo modelo de negocio en la música y los libros, dos sectores que atraviesan una profunda crisis de identidad y de formato, se fundamenta en prestar servicios en lugar de vender bienes. Una idea anunciada ya por Jeremy Rifkin en su libro"La Era del Acceso" (Paidós, 2000) y que se materializa a cada paso que da el sistema de venta y consumo. En la cultura, da igual, o en la venta de coches, pagamos ya por mantener abierta durante un tiempo esa puerta trasera que da al patio de las emociones.

La acumulación de objetos ya no determina la riqueza ni la identidad del recopilador. El obsesivo acopio ha perdido aquella magia que describía Walter Benjamin en"Desembalando mi Biblioteca":"El encantamiento más profundo consiste en encerrar el objeto individual dentro de un círculo mágico en el que queda congelado mientras el escalofrío final, el escalofrío de la adquisición, lo recorre". Y es cierto que sabíamos ya que un libro o un disco digital no se tocan. Que ese"escalofrío de la adquisición" se ha vuelto un mero cosquilleo vía Paypal. Pero ahora sabemos también que los nuevos bienes no se poseen ni serán para los que nos sucedan.

El mundo virtual y la nube

Almacenar es en este mundo inmaterial cosa de otra época. Algo más cercano a un molesto síndrome de Diógenes que a una acumulación de saber. Los hogares ya no se diseñan con estanterías y los ordenadores cada vez necesitan un disco duro más reducido: para eso está la nube. Puestos a tirar de analogía, es probable que la capacidad de archivar la información tampoco sea ya tan necesaria en el cerebro. Se potencia la memoria RAM en detrimento del almacenamiento de datos que nunca necesitaremos. Lo que se busca, se encuentra en Google. El riesgo, de alguna manera y evocando aquella escena final de"Blade Runner", es que todas nuestras experiencias (en este caso el patrimonio cultural), lo que configuró el mapa de nuestra identidad y nuestro secreto deseo de trascendencia, se pierdan como lágrimas en la lluvia.

"No tiene sentido. Sólo responde a unos intereses comerciales. Los costes de almacenamiento en la nube son irrisorios. Almacenar todas nuestras bibliotecas personales supone un coste residual para estas compañías", critica Javier Celaya, fundador de Dosdoce, observatorio de las nuevas tecnologías en el sector cultural.

"Teníamos unos derechos que ganamos en el mundo analógico y que no deberíamos perder en el mundo digital. Es cierto que ya no es una propiedad, sino un servicio, pero si mañana Amazon desaparece, ¿se va al traste nuestra biblioteca? Nos tendrían que garantizar que podemos tener acceso siempre a esos archivos. Incluso si nos queremos ir de Amazon. Sucedía igual con el número de teléfono de las compañías de celulares.", insiste Celaya.

No al objeto, sí al contenido

Lo perdurable, lo indestructible, incluso en el amor (véase el auge de las webs de adulterio o contactos), es hoy una actitud muy poco ecológica en este"régimen de obsolescencia""como lo define el filósofo José Luis Pardo". Proliferan empresas de almacenaje como Bluespace para enterrar ahí sin fecha de vuelta todo lo que ya no podemos absorber en nuestra vida doméstica. Y lo mismo sucede con los datos que almacenamos. Una vez muertos, y ya que nadie más puede tener acceso a ello, lo que queda de nosotros en la Red no son más que molestos residuos duplicados infinitamente. Entonces, ¿qué mejor destino que la destrucción?

En cuanto a la fiebre archivística tan del siglo 20, especialmente la referida a la música ¿quién necesita hoy comenzar una colección cuando está toda en Youtube? Según un estudio de la consultora Nielsen, la mayoría de los jóvenes estadounidenses eligen dicho canal de videos para escuchar música.

"No sé si es progreso, evolución o cambio de modelo de la propiedad como la entendíamos hasta ahora. Lo físico y tangible cada vez tiene menos relevancia. Los contenidos pasan a tener un componente de disfrute más que de propiedad. ¿El precio? Lo pone el que los comercializa. Creo que en el futuro todos los hábitos cambiarán, sobre todo la valoración de la propiedad. Todavía nos aferramos a un romanticismo materialista de otra época. Hay objetos que todavía pertenecen al ámbito del coleccionismo o la valoración fetichista de un disco. Ahora ya no transportamos los objetos culturales, accedemos al contenido", explica Simone Bosé, presidente de EMI Music España.

Arrendamiento y no venta

Justamente, ese concepto de"contenido" (referido a música, libros o información periodística, antes claramente delimitados) nace paralelamente a esta nueva cultura del arrendamiento de los bienes culturales. De alguna forma, periódicos, discográficas o editoriales se encuentran de golpe en una misma industria que alquila información para dispositivos electrónicos.

"Tendemos a llamar contenido a todo lo que se produce de alguna forma intelectual, pero no veo una connotación negativa. Pero sí que puede responder a ese cambio de paradigma en la distribución de los bienes culturales, en el acceso más que en la propiedad", insiste Bosé.

El escritor Eloy Fernández-Porta, autor de libros como"Afterpop" o"Ero$", acaba de enfrentarse personalmente a este problema. Su padre, el filósofo Francisco Fernández Buey, murió este verano y encontrar acomodo a la biblioteca especializada de más de 5 mil volúmenes que recopiló fue una odisea.

"El mayor problema que tenemos es que seguimos pensando en términos humanos en un mundo que ya no lo es. La posesión de los formatos inmateriales no es un derecho humano. Es un arrendamiento del espacio digital corporativo. Pero seguimos pensando en el espacio como un terreno que nos legó la naturaleza y siempre discutimos a quién pertenece. Además, la difusión de las innovaciones técnicas no es una deuda que el innovador ha contraído con la especie humana, es parte de una política de patentes. Si Gutenberg viviera hoy no daría gratis una cosa que desde luego vale dinero", reflexiona Fernández Porta.

"Pero el más decisivo es la noción de consanguinidad. La entendemos como una correa de transmisión que enlaza el cuerpo, la genealogía, con la ley (herencias). La noción del cuerpo humano se ha transformado, de modo que la consanguinidad sólo puede ser entendida como un accidente biológico reversible. Los derechos que siempre venían con ella no se aplican. Es el tema central del asunto poshumano. Ya no vivimos en una era de la transmisión genealógica generacional. La ley y los genes corren en paralelo", insiste.

Como apunta Fernández Porta, la ruptura de esta línea genealógica ya venía sugerida por la tradición de la ciencia ficción con novelas como"El Fin de la Infancia", de Arthur Clarke o"Blade Runner", donde siempre existe una lucha entre el creador y su creación, pero donde nadie se plantea ni remotamente tener hijos como una forma de trascendencia o posible legado. En caso de que llegasen, es probable que el interés por heredar decenas de cajas llenas de objetos acumulados durante años, el peso de esa narcisista recolección del padre, no logre soportarlo ni una sola generación más. (© EL PAÍS, SL. Todos los derechos reservados)

Publicado el: 19/09/2012 / Leido: 4585 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

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