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Apologías para un futuro sin tiempo

Publicado el: 18/04/2014 / Leido: 45 veces / Comentarios: 0 / Archivos Adjuntos: 0

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Apologías para un futuro sin tiempo

Paleografía. Un singularísimo estudio de Armando Petrucci releva escrituras en piedra: una necesidad inmemorial de destinar mensajes a la posteridad.

POR MARIA LUJAN PICABEA

 

 

 
 

Un día, durante los primeros decenios del siglo XVII, la muerte escrita, en forma de estelas funerarias con textos en la lengua del pueblo, llegaría por fin a la pequeña y mediana burguesía europea y tendrían derecho a ellas, artesanos, mercaderes y maestros. Las aldeas y ciudades se rodearían de cementerios al aire libre con lápidas que comenzarían con la hasta hoy extendida fórmula: “Aquí yace...”. La muerte escrita, la identificación del yacente era una práctica de muchos siglos, pero pocos tenían el privilegio de acceder a ella. “Es sabido que el cuerpo de Mozart fue arrojado en una fosa común, y en la Viena de 1791, nadie debió sorprenderse demasiado”, recuerda el paleógrafo italiano Armando Petrucci en su libro Escrituras últimas. Ideología de la muerte y estrategias de lo escrito en el mundo occidental (Ampresand), en el que analiza las prácticas escriptorias y los productos escritos usados por los hombres para recordar de manera pública a los muertos, desde la aparición primera de estas manifestaciones, desde el primer milenio aC. hasta el siglo XX.

Para el investigador, la aparición y el uso de lo escrito constituye un elemento fundamental en la definición de la llamada “política de muerte” en Occidente. “Las prácticas de manipulación y de organización de los cadáveres nacen sustancialmente como formas de defensa de la sociedad de los vivos respecto de la sociedad de los muertos, y como ritual de homenaje a los difuntos para desviar y alejar su poder y su temida capacidad de intervención. Contrariamente, la colocación de escritos sobre los depósitos funerarios es, en la gran mayoría de los casos, una práctica de los vivos dirigida a otros vivos, y es una práctica sustancial y profundamente ‘política’, destinada a celebrar y recordar el poder y la presencia social del grupo, corporativo o familiar, al que pertenecía el difunto, y a confirmar su riqueza, prestigio, duración en el tiempo, fuerza vital, y capacidad de reproducción y de expansión”, afirma el investigador, que justamente centra su análisis en la relación entre los muertos y la escritura, y la costumbre de escribir de determinadas formas y en lugares precisos la memoria de los muertos.

Ese tipo de elecciones formales darían lugar, a lo largo de la historia, al desarrollo de una práctica cultural y artística y serán el germen de varios géneros literarios. “Las estrategias de disposición de las escrituras funerarias no son ni casuales ni indiferentes a la historia. Están determinadas, y al mismo tiempo determinan, algunos de los aspectos fundamentales de la ideología de la muerte, como la división del territorio entre vivos y difuntos, el nivel de peligrosidad que se les atribuye a los cadáveres, el grado de respeto que se les tiene, su mayor o menor visibilidad e incluso, desde un punto de vista más general, la mayor o menor presencia de memoria histórica y conmemorativa en una determinada sociedad, y, en definitiva, del nacimiento mismo de la historiografía”, expone Petrucci en el prefacio.

Se sabe que entre 70.000 y 35.000 aC. el hombre empezó a sepultar a algunos de sus muertos, pero fue entre el Neolítico y la Edad de Bronce cuando comenzó a desarrollar una sistema de señalización de la tumbas, con elevaciones de tierra y piedras. La primera civilización en introducir en dicho ritual a la escritura fue la egipcia, que desarrolló una extensa ideología de la muerte, orientada a la posibilidad de una vida futura. El nombre y las cualidades del muerto se escribían en el sarcófago y a veces directamente sobre el cuerpo: “se trataba de un contexto de comunicación con el mundo del más allá, no con el de los vivos”, explica el investigador y menciona, que si bien en el mundo mesopotámico se había desarrollado la escritura para funciones específicas, “nunca llegaron a realizarse inscripciones funerarias” por lo que sólo se registraron algunas pocas excepciones.

La Ilíada y La Odisea dan cuenta de la utilización de estelas conmemorativas en honor a los muertos, sus héroes, en la Grecia Antigua. Las sepulturas se erigían dentro de la ciudad amurallada con signos de identificación y exaltación de la figura homenajeada. “De ese modo, se llevó a cabo un sistema comunicativo que por primera vez se dirigía no tanto a los difuntos o a los dioses de los infiernos, sino a los vivos a los que servía, y que había sido elaborado con su propio lenguaje y respondiendo a sus propósitos humanos y políticos”. Poco a poco la estela se convirtió en un acontecimiento comunitario y los textos comenzaron a incluir nombres, momentos y razones de la muerte. Poco a poco, además, fueron separándose de las figuras, adquiriendo un carácter particular.

En la Atenas de la edad de Pisístrato el texto era colocado en un lugar desde el que se favorecía la lectura del público urbano, destinatario de la misma. Una de las estelas de entonces, que muestra la “normalización gráfica” es la de Pitágoras. En ella “la escritura está dividida en dos partes diferentes del espacio epigráfico: en la superior se indica solamente el nombre, y en la base el auténtico epigrama dispuesto en cuatro líneas, con un resultado de absoluta y sencilla elegancia”. La Atenas democrática heredó la tradición de hacer del escrito funerario un mensaje legible, que profundizó al tiempo que extendió a amplios sectores de la sociedad el derecho a “la muerte escrita”.

La Roma republicana con un moderado proceso de alfabetización y desarrollo de una cultura literaria propia impuso el uso del sarcófago que permitía contar con una superficie más amplia para la escritura, de modo que los textos dejaron de limitarse al nombre y circunstancias de la muerte para transformarse en “verdaderas composiciones conmemorativas, en un elogium que fuese también una historia”. Pero era una historia de la aristocracia, nunca de los desposeídos. Con el tiempo, el derecho al recuerdo funerario escrito llegó a las clases medias de la sociedad y a los libertos, ex esclavos liberados, generalmente gladiadores.

La costumbre de escribir a sus muertos pasó, por supuesto, también a los cristianos, pero con características propias. “El texto se reducía a lo esencial, y así era por evidentes razones ideológicas en pos de ostentar humildad”, destaca Petrucci. Asimismo, las primeras escrituras funerarias cristianas comenzaron a introducir en el espacio dedicado a la escritura símbolos figurativos: palomas con ramos de olivos, anclas, peces y letras apocalípticas y monogramas. “Se tiene la impresión de que justamente la intrusión del elemento figurativo, formado por símbolos religiosos altamente significativos, en el interior del espacio de escritura constituyó el factor más novedoso de esta epigrafía funeraria, completamente religiosa y autorreferencial, tendiente a construir un diálogo a varias voces entre vivos y difuntos, entre testigos y frates (hermanos), entre Dios y los hombres” . En el imaginario cristiano los mártires fueron los difuntos “más escritos”. Sin embargo, en la Alta Edad Media los muertos volvieron a no ser registrados y el lenguaje funerario se redujo a imágenes y símbolos. “La restricción del uso de la escritura expuesta se debió ciertamente a la reducción de la cultura escrita en su totalidad, al analfabetismo creciente y a la declinación de la ciudades y de la administración pública”, explica el investigador y apunta que en el período hubo una absoluta “eclesialización” de la escritura. El epitafio dedicado al papa Adriano I recuperó la inspiración de las solemnes lápidas de la época clásica, una forma de registrar a los muertos “a la antigua”.

El Medioevo, cuya cultura escrita se concentraba en el libro como soporte de la memoria, dio paso a las necrologías y obituarios, el registro conmemorativo en formato libro, textos abiertos en los que iban introduciéndose nuevo nombres continuamente. Listas de nombres para recitar durante las ceremonias litúrgicas. “Los libros memoriales de los muertos eran equivalentes exactamente a los cementerios”, afirma Petrucci. En el culto a los muertos se extendió, luego, la práctica de unir comunidades distantes para anoticiarlas de los decesos y para ello se utilizaron los llamados “rollos de los muertos” hechos con hojas de pergaminos cosidas que realizaban largos recorridos y en los que las comunidades adherían con plegarias a los muertos.

El monumento sepulcral construido por los florentinos Donatello y Michelozzo entre 1425 y 1428 para el antipapa Juan XXIII inaugura una nueva etapa. Sobre el cuerpo del sarcófago se extiende un cartel de grandes letras mayúsculas con una inscripción que resultaba visible y legible incluso a distancia y comprensible para el gran público, que vuelve sobre modelos clásicos, renovándolos. A los textos funerarios que adquirían un carácter privilegiado se le sumaron escritos más bien literarios en soporte papel, lo que dio origen a un nuevo género literario. “En esta fenomenología totalmente literaria de la escritura funeraria, ya no se trataba tanto de escribir a los muertos, como de escribir sobre los muertos, o mejor, de los muertos”. Ello se convertiría en un producto literario de interés general, lo que, en definitiva no era sino la generalización de la muerte escrita que pasaría luego a integrarse a una nueva forma de teatralización, representada en grandes ceremonias mortuorias, pompas fúnebres, que no estaban atadas a la presencia del cuerpo.

Tal y como lo expone Petrucci fueron las grandes guerras del siglo XIX y XX las que terminaron por democratizar la muerte escrita, ya que las tumbas de los caídos y el recuerdo escrito de sus muertes se extendió a oficiales y soldados, aunque replicando en ellas jerarquías militares y sociales.

Por entonces, ya las clases superiores habían encontrado en las publicaciones diarias nuevos instrumentos para dar a conocer la muerte de sus miembros, lo que dio origen a las necrológicas y avisos fúnebres. “Las necrologías periodísticas revelan una sociedad que se autorrepresenta idealizándose y que repite en las noticias impresas las mismas fórmulas y los mismos valores ideales presentes en la epigrafía funeraria contemporánea”, afirma el investigador. Lo que refuerza, una vez más, aquello de que los ritos de la muerte escrita, más que una historia de difuntos, configura una historia política de los vivos.

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